Carlos J. Finlay, pilar de la ciencia y luz imperecedera

Los hombres de ciencia que producen para el bien de la humanidad, con el discurrir del tiempo se hacen cada vez más trascendentes en el quehacer científico y social a nivel mundial. En Cuba, en los últimos años, a raíz de la pandemia COVID-19, surgieron estimables aportes de incuestionable valía para el control y tratamiento de la enfermedad.

En un contexto complejo estos protagonistas se alzaron con las mejores actitudes e inteligencia como reflejo de una huella inexorable en la medicina cubana. Muchos nombres atestiguan tales empeños encaminados a salvar vidas y la patria desde centurias anteriores. Hoy, se rinde homenaje al distinguido Carlos J. Finlay Barrés, en vísperas del 189 aniversario de su natalicio. La Oración Finlay constituye un tributo a quien consagró su vida a la ciencia desde la medicina con altruismo y sentimiento patrio.

La Academia de Ciencias de Cuba organizó la celebración del centenario de su natalicio el 3 de diciembre de 1933. A partir de aquí en sesión solemne se distinguen sus descubrimientos en la teoría y práctica médica.

Ante el panorama mundial a Cuba le corresponde perpetuar la proclamación de su lugar cimero como descubridor del agente trasmisor de la fiebre amarilla. Su trabajo resulta un antecedente de la medicina preventiva moderna.

El doctor Finlay como higienista social desarrolló una labor de extraordinaria importancia al fundar, organizar y dirigir el naciente sistema sanitario estatal cubano a inicios del siglo XX.

La ciudad natal y Cuba en este día están engrandecidas al rememorar su natalicio, y se reconoce con profunda gratitud el tributo en múltiples espacios del orbe, del país y especialmente de Camagüey al hombre que alcanzó resultados científicos en bien de la sociedad y el bienestar de la humanidad, lo cual originó la selección de su fecha de nacimiento para celebrar el Día de la Medicina Latinoamericana.

Con gran respeto, afirmo que para mí es una distinción, cumplir hoy el honroso acto que me ha confiado el Consejo Científico Provincial de la Salud de Camagüey; contribuir al desarrollo de la ciencia desde diversos escenarios constituye un digno compromiso.

El modelo del doctor Carlos J. Finlay es fuente inspiradora para trabajar con perseverancia y apego desde cualquier espacio a favor del desarrollo científico-técnico y del servicio de salud. El alcance de su producción científica y las aplicaciones prácticas de sus investigaciones son la expresión más genuina de ello.

En el contexto nacional actual, las campañas antivectoriales, entre otras acciones, permiten contrarrestar los males epidemiológicos ocasionados por el mosquito Aedes aegypti y otros agentes, cuyos antecedentes sobresalen por el trabajo del eminente científico. En 1902, fue nombrado Jefe Superior de Sanidad, y estructuró el sistema de sanidad del país sobre bases nuevas. Desde este cargo le tocó encarar la última epidemia de fiebre amarilla que se registró en La Habana, en 1905, y que fue eliminada en meses.

Finlay, tras la ascendencia de padres extranjeros, tuvo una crianza amorosa con formación sólida. La familia inculcó en el joven valores como la responsabilidad, el sacrificio, la humildad, entre otros. Mantuvo la tradición de médico como su papá, cuya especialidad, la Oftalmología, marcó un periodo importante en su preparación como galeno, además del apoyo ante los contratiempos presentados en el transcurso de la vida.

Fue un médico consagrado a su misión y un científico ensimismado en el laboratorio, pero abierto a compartir sus resultados y dialogar sobre diferentes asuntos de la Medicina (Oftalmología, infecciones respiratorias, el cáncer, la corea, la lepra, la medicina legal). Escribió también acerca de historia de la salud, filología, meteorología, educación física, y otros temas.

En 1865, contrajo matrimonio con Adela Shine, con quien formó una familia de tres hijos. Uno de ellos, Carlos Eduardo Finlay Shine siguió sus pasos con éxitos en el trabajo médico y la academia.

Acerca de Finlay existen varias biografías, resalta el período de la segunda mitad del siglo xx con autores reconocidos, entre ellos: Juan Guiteras Gener, Jorge Le Roy Cassá, César Rodríguez Expósito, Carlos Eduardo Finlay Shine (hijo), José López Sánchez, este último considerado uno de sus mejores biógrafos, quien asume en el capítulo III del texto Finlay. El hombre y la verdad científica, la denominación bautismal de Juan Carlos, corroborada en el Arzobispado de Camagüey: fondo iglesia Parroquial Mayor de Puerto Príncipe.1

Sobre este tema su hijo escribe que Finlay adoptó como inicial media la J. (de Juan) hacia 1893 a fin de evitar confusiones con su firma al ejercer la Medicina como su padre.2

En nuestro país, la acción de la vanguardia desde las ciencias sociales debe fortalecerse a fin de realzar cada vez más su altruismo y aportes investigativos en diversas ramas del conocimiento. También se requiere citarlo correctamente, y así evocar de generación a generación ese legado cultural.

Su entrañable amigo el Dr. Claudio Delgado aseveró: “[…]; porque nadie mejor que yo pude ser testigo de sus esfuerzos y afanes ni aquilatar las superiores cualidades de investigador profundo y concienzudo que en él culminan, […].”3

Se distinguió además en la labor de la Junta Central de Vacuna en Cuba, fundada por Tomás Romay en el siglo XIX, y continuada por él a partir de la penúltima década de esa época. Los informes explicaron las operaciones ejecutadas por los vacunadores en disímiles localidades, y se contribuyó al seguimiento de los adelantos que en este ramo se experimentaban a nivel nacional e internacional.

En efecto, la sociedad decimonónica demandaba trabajo y el científico brindó todo el esfuerzo para ese fin. En el caso de la fiebre amarilla, más que ninguna otra enfermedad afectó al país en todas las esferas de su vida económica y social. Las estadísticas de muertes en Cuba, en cuanto a las principales enfermedades que existieron en la década anterior al descubrimiento de Finlay (1870), ubican a las muertes por fiebre amarilla en segundo lugar con 12 302; solo superada por la tuberculosis con 15 904 fallecidos, y seguida por la viruela con 5 987 casos.

En la opinión de López Sánchez, la conjunción de los factores objetivos del papel histórico de la fiebre amarilla en la sociedad, y los subjetivos de Finlay expresados en la acumulación cuantitativa de estudios, experimentos e investigaciones por más de 20 años, determinaron la selección para sus estudios rigurosos y aplicación práctica.

Pero debe ser también valorado por su alta responsabilidad y sentido del deber de la ciencia hacia las necesidades sociales.

De ese modo Finlay estableció la síntesis dialéctica que resolvía la antinomia representada por las dos corrientes existentes en el campo de la epidemiología el contagionismo y el anticontagionismo.

Investigador riguroso, fue precursor en la medicina cubana de la investigación científica apoyada en la experimentación. En el periodo 1882-1885, hace valiosos aportes en la medicina, al aplicar el método experimental. Proclama la superioridad de este y exige que se haga uso de él para verificar hipótesis en todos los terrenos de las ciencias naturales.

Ejerció una labor prestigiosa como director de la Sección de Ciencias de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana; fue elegido en 1883, periodo donde dio a conocer, por ejemplo la identificación de la actinomicosis como una enfermedad humana provocada por un hongo denominado actinomiceto.

Sus conocimientos fueron puestos al servicio de la humanidad sin claudicar en los difíciles empeños y demostró que sus resultados constituyeron frutos de un extenso y laborioso proceso, en el cual resaltaron las potencialidades espirituales, apetencias creadoras, y sus energías con sacrificio e inteligencia.

Médicos contemporáneos supieron colocarlo en el lugar merecido. Queda a nosotros el afán de mantener vivo ese patrimonio de saberes, la abnegación y consagración al más puro deber de ser investigador cubano, cuya esencia quedó anclada en el terreno de las ciencias médicas: el doctor Carlos J. Finlay, ejemplo de humanismo y verdad científica.

Carlos J. Finlay es un hito del pensamiento cubano en salud. Hoy, en la salud pública cubana e internacional se hace evidente cuánto significa su impronta en la prevención de enfermedades transmisibles como el dengue y en la organización de la práctica sanitaria, entre otros temas de interés para las ciencias médicas.

A través de su legado, dejó una producción científica con alcance relevante para las actuales y futuras generaciones. Constituye un modelo a seguir en la sociedad; su verdad científica resulta irrefutable, aunque algunos se empeñen en que es contrario.

La responsabilidad social ante su trabajo, la elevada consagración al estudio y el humanismo son pilares de su grandeza.

Con estas palabras culmino mi Oración a quien reconoció con humildad la proeza científica realizada ante una Comisión MiIitar extranjera, que le correspondió la comprobación de sus aportes en el campo de la epidemiología. Cuba, en la actualidad revive tal hazaña con hombres como Finlay, a quienes la ciencia le ocupa gran parte del tiempo para entregárselo a la sociedad. Seamos leales a ellos.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
  • 1. Arzobispado de Camagüey. Fondo Iglesia Parroquial Mayor de Puerto Príncipe. Libro No. 16 de Bautismos de Blancos. Folio 153. No. 576 ½. Finlay Shine CE.
  • 2. Carlos Finlay y la fiebre amarilla. La Habana: Ed. Minerva; 1942. p. 46.
  • 3. Rodríguez Expósito C. Cuadernos de Historia de la Salud Pública N. 29. Papeles de Finlay (Edición conmemorativa del Cincuentenario de su muerte). Ministerio de Salud Pública; 1965. p. 226.
Historial:
  • » Recibido: 02/12/2022
  • » Aceptado: 05/12/2022
  • » Publicado : 10/01/2023


Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional.